BARQUITOS DE PAPEL CARTÓN


Gran cantidad de hojas secas se recostaban una sobre otra formando una estera crujiente, bajo los consumidos zapatos de Marcel y Flavie.
Todos los días recorrían aquel pueblito en la campiña francesa vendiendo el pan que amasaba su madre.
Cuando terminaban el reparto jugaban en el arroyo, donde Marcel construía los barquitos de papel cartón que flotaban hasta encallar en un puente, donde los recogían para volver a empezar. Antes del anochecer, él la cubría con una capa para proteger sus pulmones enfermos.
Marcel había crecido junto a su madre en un ranchito de adobe, enfrentando la pobreza con un carro y un caballo que les permitía acarrear la leña para el pan. Les alcanzaba para vivir con cierta tranquilidad, sin saber que un año después deberían venderlos ante la llegada de la pequeña Flavie, que enseguida conquistó el cariño de su hermano.
Con el paso el tiempo, un último regalo de la vida, no sólo no pudo nacer sino que se llevó a la madre con él.
Marcel hundía sus manos tironeando el cabello de la muerta pidiendo que volviera, hasta que la quietud se convirtió en desesperante soledad.
El chico encaraba su adolescencia con una responsabilidad demasiado grande, pero lo que nunca dejaba de hacer eran los barquitos de papel.
Una madrugada los despertó un golpe fuerte que abrió la puerta. El filo de las espadas brillaba mientas los dientes marcaban el ritmo del miedo.
Ayudados por un soldado sobrio escaparon. La incertidumbre secó las lágrimas y sin refugio aparecía, como milagrosa alternativa, el campanario de la iglesia.
Antes de las campanadas bajaron hacia la feria, donde la carnicera cuidó a Flavie mientras él buscaba trabajo. Por las noches, junto a las palomas la campana velaba su sueño, difícil de conciliar para él. Una tarde que alargó su contorno, Flavie se abrigó sola y buscó entre las sombras, la escalera del campanario. Aterradoras retumbaron y su hermano no estaba. -¡Los soldados! ¡Vienen los soldados!- Gritaban en la calle.
Detrás de la vanguardia venían, encerrados en una especie de jaula, varios jóvenes y Marcel que chillaba: -¡Volveré Flavie, volveré en uno de los barquitos!- miando hacia la capilla.
…………………
Aquella tarde había invitados en la residencia. Sonó el portero anunciando la llegada de Antonio Pérez Acedo con un amigo.
-Yo atiendo- dijo María Soledad.
Al abrir la puerta ante el desconcierto de Pérez Acedo, la señora y su compañero se abrazaron en silencio.
Ambos temblaban y nunca pudieron explicar porque los dos tuvieron el mismo raro pensamiento.
“Un barquito de papel.”

Graciela Martellotto