NUNCA MÁS



Había terminado la tercera guerra mundial, la última. El fuego había arrasado con casi todo.
Estaba sola, las primeras sombras del atardecer se tejían en mi pelo.
El olor a cenizas me impedía respirar profundo, jadeaba...
Me senté sobre una piedra y allí estaba, la vi brillar. Era una moneda.
La tomé con la punta de los dedos, caminé despacio hasta el lago y la arrojé.